La cuaresma, este período de 40 días, está marcada por la preparación a la conmemoración de la Resurrección y de la Pasión y Muerte de Jesús. Asociada a la cuaresma se introdujo otra celebración de signo exactamente contrario: el carnaval. Puesto que en tiempos antiguos durante la cuaresma se habían de suprimir todas las actividades de divertimento, el carnaval constituye una concentración de actividades lúdicas. Como si se quisiera llegar en tres días a tal saturación de fiesta y diversión, que no se las echara de menos durante los 40 días siguientes.
Cuando teníamos una sociedad supuestamente creyente y católica al cien por cien, cuando las instituciones civiles estaban integradas en una única unidad sociopolítica juntamente con las instituciones eclesiásticas, tanto el carnaval como la cuaresma conservaban sociológicamente su carácter original.
A medida que la sociedad se ha secularizado, a medida que la creencia y práctica religiosa no cubre la totalidad completa de la sociedad, sino una parte de ella, el carnaval y la cuaresma se han independizado una de otra.
El carnaval ha quedado como un festejo civil autónomo, igual que la feria o los patios, si bien con sus características particulares. La cuaresma es vivida por el sector creyente y practicante de la sociedad. Este hecho sociológico puede ser visto con nostalgia por quienes lamentan el agotamiento de aquel sistema sociopolítico que se denomina la "cristiandad", o de forma más restringida el "nacional catolicismo". Sin embargo permite colocar cada cosa en su sitio, darle a cada acontecimiento su propio significado.
La fijación del día en que se celebra el carnaval tiene su origen en el calendario litúrgico, acoplado al año lunar no al año solar, esa es la razón de su variabilidad cronológica de un año para otro. Dadas sus características de jolgorio y diversión, el carnaval ha perdurado en la sociedad secularizada desconectado de sus orígenes.
Por lo que se refiere a la cuaresma, desligada de su vinculación a las estructuras sociopolíticas, puede ser revivida con más cercanía a su sentido espiritual. La cuaresma, cuarentena, o período de cuarenta días, tiene una evidente relación con el relato evangélico del retiro de Jesús al desierto precisamente durante cuarenta días.
A decir verdad el número de 40 tiene un sentido simbólico, más que cronológico. El número de 40 es usado en Biblia con frecuencia para indicar un período de tiempo significativamente prolongado. Cuarenta días duró el diluvio, cuarenta años tardaron los israelitas en cruzar el desierto del Sinaí al emigrar de Egipto, cuarenta días señaló Jonás para la destrucción de Babilonia. Podemos deducir del relato evangélico que Jesús se retiró al desierto un cierto tiempo, antes de comenzar su actividad pública, y como preparación a ella. Cuánto tiempo exactamente duró este retiro no lo sabemos con precisión. Hemos heredado la tradición de vincular la cuaresma con privaciones de tipo corporal: el ayuno y la abstinencia, la supresión de festejos ruidosos, algún sacrificio corporal. Todo ello son respetables tradiciones heredadas. A su vez reducen el alcance de su sentido. Pudiéramos recordar a este propósito dos mensajes bíblicos.
El primero es el del profeta Isaías y sus críticas a las prácticas penitenciales corporales de sus contemporáneos. A Dios ni le va ni le viene con que os quedéis sin comer, que os pongáis vestidos de tela áspera, o que os cubráis la cabeza con ceniza. Dios lo que quiere es que se socorra a los necesitados, que se proteja a las viudas, se libere a los cautivos, en una palabra, que se practique la justicia.
El segundo es el del propio Jesús. El estilo de vida adoptado por Jesús de Nazaret fue muy distinto del adoptado por Juan Bautista. Sus contemporáneos, lo advirtieron, y se lo hicieron notar repetidas veces. Llegaron incluso a acusarle públicamente de llevar una vida un tanto disipada, reuniéndose a comer y beber con gente no recomendable. Jesús aceptó los hechos, y justificó su manera de proceder. Lo que mancha al hombre, decía, no es lo que entra por la boca, sino lo que sale del corazón, no las cosas que toca, sino las acciones que hace.
A partir de estos dos mensajes bíblicos reencontramos el auténtico sentido de la cuaresma. No es preciso que esté centrada en la privación de ciertos alimentos o en mortificaciones de tipo corporal, sino en la conversión interior, asumiendo en nuestro proceder los valores y criterios de elección propuestos por el propio Jesús. En descubrir la razón de ser del silencio y la oración, en alcanzar la experiencia interior de Dios. Esto fue lo que hizo Jesús el tiempo que estuvo retirado en el desierto, y cuando habitualmente interrumpía su frenética actividad por las aldeas de Galilea, para retirarse él solo al descampado y sentir en su interior la cercanía del Padre.
La cuaresma es el momento de reexaminar la autenticidad y veracidad de nuestra fe y confianza en lo que él consideró que era la verdad. Y en la medida en que sea necesario, reorientar nuestra vida.(Jaime Loring. Profesor Jesuita)
