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domingo, 10 de julio de 2016

LA AUTORIDAD DEL PAPA

No cabe duda que los medios de comunicación han hecho de la figura del Papa un personaje popular. Su autoridad y su influencia en las convicciones de las gentes supera la que puedan tener dirigentes políticos de grandes estados. Una declaración del Papa sobre los derechos humanos, sobre el aborto, sobre el papel de la mujer en el mundo moderno, provoca a nivel internacional muchas más reacciones, tanto a favor como en contra, que la de cualquier otra personalidad pública.

Cuando se comenta la figura del Papa es corriente que un aspecto a señalar sea el de su «infalibilidad». ¿Cual es el fundamento de la institución del Papado? Hay dos textos fundamentales: el capítulo 16 del evangelio de San Mateo, y el capítulo 21 del evangelio de San Juan. En el primero, se contiene la famosa frase de Jesús en la que le dice a Pedro que él es la piedra sobre la que fundará la Iglesia y que a él le dará el poder de las llaves, que lo que ate en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desate en la tierra quedará desatado en el cielo. En el segundo texto, utilizando una metáfora pastoril, Jesús encarga a Pedro que ejerza de pastor de sus ovejas. A partir de estos dos textos originales, se ha desarrollado en la Iglesia Católica la doctrina sobre la autoridad del Obispo de Roma sobre todas las Iglesias locales del mundo entero.

En los dos textos citados, el de San Mateo y el de San Juan, Jesús se expresa en el sentido de que Pedro, y, por consecuencia lógica, sus sucesores en la diócesis de Roma, tienen una responsabilidad sobre la universalidad de las iglesias locales en orden a la fundamentación y promoción de la fe: son la piedra sobre la que se funda la Iglesia, ejercerán su labor pastoral sobre todos sus hermanos en la fe, y para ello se les dota con la autoridad universal de «las llaves». Siempre, a lo largo de la historia, la «comunión» en la fe con el obispo de Roma ha sido condición esencial de pertenencia a la comunidad de los creyentes en Cristo, quese denomina la Iglesia. Este es el sentido que tiene la mención del nombre del Obispo de Roma en todas las misas.

A finales del siglo XIX, el Primer Concilio Vaticano definió la infalibilidad del Papa. Desde entonces, esta característica de su función al frente de la Iglesia Católica ha pasado a ocupar un primer plano, como si fuese lo más significativo del Papado. En realidad, desde la proclamación de la infalibilidad por el Primer Concilio Vaticano (1869 1870), solamente en una ocasión absolutamente puntual tal infalibilidad ha sido ejercida por el Pontífice Romano: en 1950 cuando Pío XII definió la Asunción de María. Ninguna otra actuación de los Sumos Pontífices ha asumido las condiciones de infalibilidad promulgadas por el Primer Conclio Vaticano.

Fuera de este acto de magisterio de los Romanos Pontífices, todo el resto de los documentos emitidos por la Santa Sede a lo largo de 144 años, desde la declaración de la infalibilidad pontificia en el Primer Concilio Vaticano, revisten la autoridad que la Sede Apostólica por sí misma tiene, pero sería un error teológico atribuírles la característica de infalibles. De hecho, los Romanos Pontífices, como todo hijo de mujer cometen errores, y la historia de la Iglesia da suficientes muestras de ello. Considerar la infalibilidad como la característica más importante del Pontificado Romano, constituye una hipertrofia deshumanizadora de su auténtico papel como animador de la fe de los cristianos.

Otra consecuencia importate de la supervaloración de la infalibilidad es lo que podríamos llamar la papolatría. Lo único que es objeto de culto para un cristiano es Dios, y su Hijo Jesucristo. La corte pontificia ha asumido mucha parte del protocolo de las antiguas cortes renacentistas, y se ha creado en torno a la figura del Papa un halo de veneración personal, que en lo que significa de respeto a la función que realiza es lógico. En lo que puede significar de «divinización» de la persona, incluye elementos y actitudes cortesanas que caen fuera del papel que Jesús asignó en la Iglesia a Pedro y a sus sucesores.

El Papa constituye para los creyentes la garantía de pertenencia a la Iglesia de Cristo, en la medida en que tenemos la misma fe que él. Como piedra sobre la que está fundada la Iglesia, como pastor de todos los fieles de Cristo, tiene la misión de confirmar en la fe a los hombres de todas las razas y todas las naciones: por ello, los cristianos le debemos respeto y obediencia. Cuando esta actitud de fidelidad y lealtad por la misión que tiene atribuída, se torna en adulación y culto a su persona, se corrre el peligro de desfigurar el rostro de la Iglesia.(Diario Córdoba. Jaime Loring)